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lunes, 23 de mayo de 2016
Espacios nocturnos
Podría ser cualquier otra hora menos la que marcaba el reloj casi escondido en la esquina de las paredes amarillas. La luz macilenta se desbordaba fuera de las paredes, fuera de las ventanas, sobre la acera. El cemento bañado en aquella luz mortecina llevaba horas sin soportar un solo paso, porque los clientes del bar no tenían más razón para estar allí esa noche que estar allí, y no fuera; no les quedaba valor. Era sólo otra de las noches de apatía de una década a la que la historia sumiría en el polvo, de un barrio, de una calle que jamás nadie recordaría. Sólo estaban acodados en la barra porque esperaban que una de aquellas horas de tiniebla los arrastrara por fin en lugar de apagar su desgracia durante unos instantes.
miércoles, 29 de julio de 2015
Fragmentos (dos meses después)
Oh, mi agólia de primavera desnuda o vestida de amarillo, l'écran decidée par l'esprit des fenêtres ouvertes, quién o cuándo ya vendrá.
Ojos a trozos peinados,
musgo en los cristales de los pulmones,
¿y de las almas, quién sangra?
Esto es todo lo que me queda: un trozo baldío, baldobrado en los cristales de mis gafas; un corazaón agazapado y silencioso como una noche de amor en la tundra; indiscreción que pretende ser erótica, y más que lúbrica es patética, la ópera dogmática del velador hipócrita.
Ya no soy más viso de veracidad que un ciego que se apellida Estrella, y carezco de primicia o novedad en un espacio donde soy la clase de alma que, o bien permanece a la sombra, o se demuestra a las claras que no hay voluntad de sangre y otros fluidos en la cólera magnánima de un aire naranja y apático.
Mi Venezia in sole se troca en burla de entrepiernas profanadas con permiso y verdades que no se quieren conocer.
Ojos a trozos peinados,
musgo en los cristales de los pulmones,
¿y de las almas, quién sangra?
Esto es todo lo que me queda: un trozo baldío, baldobrado en los cristales de mis gafas; un corazaón agazapado y silencioso como una noche de amor en la tundra; indiscreción que pretende ser erótica, y más que lúbrica es patética, la ópera dogmática del velador hipócrita.
Ya no soy más viso de veracidad que un ciego que se apellida Estrella, y carezco de primicia o novedad en un espacio donde soy la clase de alma que, o bien permanece a la sombra, o se demuestra a las claras que no hay voluntad de sangre y otros fluidos en la cólera magnánima de un aire naranja y apático.
Mi Venezia in sole se troca en burla de entrepiernas profanadas con permiso y verdades que no se quieren conocer.
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